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14/05/2019 -  tiempo  22' 21" - 626 Visitas Columna de opinión Tiempo de preguntas
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De aquí al 22 de junio, el ágape puede contar con otros comensales o los mismos en otros lugares de la mesa.
Lo que se ha dado en llamar con tanta ligereza “la gente” (léase: conjunto de personas de número indeterminado, de identidad indefinida y de procedencia ignota) a hoy, primeros días de mayo, ¿ya se habrá preguntado, y desde luego respondido, cuál será su elección en las PASO nacionales de agosto? Para ir respetando ésta que será una larga serie de preguntas con menor número de respuestas, en este caso, la contestación es muy sencilla: depende de qué “gente” se trate. De cualquier modo, hay muchas variables a considerar, tanto duras como blandas (en sentido estricto, las diferencias de sexo, edad, clase social, instrucción, ocupación y otras de orden cualitativo referidas a los valores). Sólo para dar un ejemplo ¿se puede englobar en el concepto de gente a la franja de la segunda o la tercera edad con la primera? Quizás, como en pocos momentos de la historia, el no es rotundo porque la diferencia no es de generación sino de civilización entre jóvenes y adultos. Por Carmen Ubeda

Especial para ANÁLISIS DIGITAL


Retomando lo anterior, la reflexión sobre la realidad política como ejercicio frecuente es una práctica limitada a un sector reducido de la población, compuesto de mayor a menor por el también llamado con ligereza “círculo rojo” (en términos generales y marketineros, son los ‘decididores’ del rumbo del país: corporaciones de toda especie –empresarial, sindical, clerical, etc., y sus voceros, sin excluir la casta política-), organizaciones sociales con diversos objetivos que sostienen un mínimo ideario, intelectuales, a los que también se podría otrora incluir en el concepto de corporación, no hoy por la desintegración de las ideas, la singularidad y el individualismo de algunos sistemas de razonamiento igualmente de escasa solvencia y atractivo, los grupos de mayor nivel de instrucción y/o ingresos, ciudadanos militantes de cualquier signo… Habrá, con seguridad, otras categorías no consideradas aquí. Lo cierto es que los nombrados, en esta grosera estimación, no deben alcanzar a un cuarto de la ciudadanía. ¿Y los otros tres cuartos cuándo lo resuelven y cómo reaccionan mientras arrecia el diluvio de escenarios, estrategias, fórmulas, alianzas, frentes…? También es muy fácil la respuesta: están viviendo o desviviéndose en la lucha por sobrevivir. No hay aquí ni una impostada piedad ni una misericordia religiosa, sólo se trata de la descripción lo más neutral posible sobre lo que ocurre: aún cuando la situación apriete (con más razón todavía) y el vivir cotidiano se vuelva insoportable, todo ciudadano debería tener un tiempo considerable de reflexión para no equivocarse con sus representantes. Quizás se preste mejor usar el término empatía: se ubica uno en el padecimiento de otro. Sin embargo, no necesariamente justifica una conducta que tiene variadas causas. Éstas nunca pueden exculpar actitudes negligentes y, en términos generales, ignorantes de aquellos que aún luchando con la vida más que

San Jorge con el dragón no tengan un momento de iluminación para reencontrarse con el sentimiento de patria, que es pertenencia, que es identidad, que es elección, que es responsabilidad… Un momento cuyo resultado no será palpable en lo inmediato, pero que sin duda influirá y beneficiará sus tristes vidas, en tanto la reacción se dé como un movimiento común, masivo. La capacidad de discernimiento no viene de las academias ni de los ampulosos sistemas de ideas, viene de las emociones profundas, del interés compartido y sólo en casos especiales se revela como individual. Existe un concepto para circunscribir este fenómeno de orden más emocional que racional, la disonancia cognitiva, que se manifiesta en la mente de cualquier persona, sin estratificar, cuando lo que se le ofrece colisiona contra sus intereses y es de inmediato desestimado. Un rechazo sumamente difícil de torcer, aún con las más sofisticadas estrategias de propaganda porque reporta a la propia biografía de quien lo experimenta. Lo sostenido hasta aquí debe entenderse por igual, si el individuo dio rostro o no a su preferencia y/o a su rechazo. Un mínimo análisis puede orientarlo hacia su decisión. Por lo arriba expuesto, en lo que respecta a la difusión pública, debiera descartarse el ambiguo concepto de gente, más aún en un país como Argentina cuyos procesos sociales y culturales han sido de enorme complejidad: criollos e inmigrantes, racismo solapado, movilidad social y existencia por décadas de una clase media estable, diferencias que suponen universos simbólicos con valores cada vez más galvanizados. La necesidad de llegar a la interpretación del momento político impide desarrollar con mayor precisión estos aspectos.

Un país de locos

En los lobbies europeos y en los mentideros norteamericanos hay un vocativo común para referirse a los habitantes de Argentina: locos. Alcanzan a entender sólo los procesos superficiales que vivió el país y no los subterráneos. Algunos intelectuales argentinos, sobrevalorados por el marketing de las empresas a las que sirven, le atribuyen la razón de un argentino desquiciado, al peronismo. Desde aquel “Gigante, invertebrado y miope”, “No son buenos ni malos, sino incorregibles”, “El hecho maldito de la sociedad argentina (en este caso, una ironía de su autor)”, hasta “Una grave enfermedad” enunciado por alguien al que ningún “milagro” podría jamás acercar a Borges o a Jauretche, el peronismo ha sido para esos sectores el fundamento, la razón y el abrevadero de todos los males. Resulta penoso que esta gente dedicada al oficio de pensar no repare en que, si durante setenta años con idas y vueltas, persecuciones y proscripciones, idealismo y pragmatismo, devoción por el poder, Argentina giró en torno de este movimiento. Si no fuera por la carga semántica repugnante que conllevan, las palabras serían: por algo será. No hay que adherir a este movimiento, ni ser un analista de él o estudiar la historia puntillosamente para comprenderlo porque las evidencias no necesitan ser demostradas. Por un instante, haga memoria el lector y verifique si uno sólo de los políticos hoy en carrera no se bañó alguna vez en ese río o, por lo menos, se dejó salpicar por su espuma. Es una obviedad que no van a declararlo porque recordarían sus conductas de un oportunismo inmoral. ¿Es necesario nombrarlos? Entonces, este movimiento produce una epidemia y enferma a todos: en algunos no se requiere ni un minuto de diván y otros practican el cinismo del Marqués de Sade para ocultar que alguna vez fueron “contagiados”. El peronismo no es el síndrome, es posterior a él. Apareció para hacer visibles los síntomas de otra enfermedad congénita. Es muy de perogrullo decir que el país nació con la columna bifurcada, con la grieta, con lo tuyo y lo mío, con el yo soy y vos no. Por orden de metáfora, esta manifestación en el tiempo se profundizó o se detuvo y la grieta se convirtió en brecha o pasó de pequeña a trinchera. Este es el verdadero escenario de un país que no cesa de votar: cinco elecciones en un año y lo mismo cada dos, pero sí cesa de producir bienes tangibles e intangibles con el mismo ritmo.

“Hoja(s) enloquecida(s) en el turbión”

Nada más apropiado que el otoño para encontrar coincidencias entre sus manifestaciones y la estación de la política argentina. Hojas que se balancean movidas por el viento y que aún conservan su verdura serán mañana o minutos después amarillos papeles secos que se pierden por el aire o se arrastran pisoteados por el suelo. Esta modalidad poética no es un simple juego. Mirando el panorama otoñal previo a las elecciones, se “tiran” al viento nombres, alianzas, parejas presidenciales que verdean durante el tiempo de su enunciado y después caen ajadas y secas para su entierro.

Que Moreno ya lanzó su candidatura acompañada de insultos, que Olmedo es un postulante firme, émulo de Bolsonaro con levadura propia, que Del Caño convocará seguramente a toda la izquierda para engordar su mochila, que el insólito rompecorazones, felpudo de una sola, Scioli, insista en la carrera, que el Chivo Rossi apunte sus astas a un solo blanco sin claudicar, que Urtubey, como un Güemes en miniatura, avance desde el norte, que Solá, zorro de los maizales bonaerenses, “deje con ganas” a los movileros sobre la suya y otras astucias, que Massa amase y amase sin fermento el inamovible número de sus votos, que se afirme como indiscutible la candidatura del impoluto Lavagna y su fervor por “la mesa con la familia unida”, que el apolíneo Lousteau resuene como su chef en el parlamento, que Macri apueste al hoyo19 con empecinamiento, que Cristina mantenga el enigma de una recuperada feminidad coqueteando “a piacere” con inimaginables “candidatos”, al mismo tiempo que, sinceramente, siga aferrada a “él”. Todos, absolutamente todos los nombrados y otros olvidados, pueden cambiar de lugar en el tablero, ser sustituidos o simplemente desaparecer. De aquí al 22 de junio, el ágape puede contar con otros comensales o los mismos en otros lugares de la mesa. Ya mismo ocurre. Massa está dispuesto a lo que beneficie más a la patria, Lavagna puede desistir de su negativa a participar en las PASO, Lousteau ama la ciudad autónoma de Buenos Aires: en el ‘17 insistía con fervor en una interna y su última voz expresa no pertenecer a Cambiemos, Uñac se acerca al más anciano, Felipe y el “Chivo” abdicarán antes de competir según la voluntad de “la elegida”, Vidal multiplica su negativa a abandonar la provincia, pero se prueba otras chaquetas, Carrió se quita la máscara en pleno carnaval veneciano y descubre su lado grotesco… El lector puede imaginar y mover cualquier pieza de este ludo que no es ni dama ni ajedrez. Aunque pocos asistan al teatro de esta vergonzosa obra, por lo menos de soslayo ven sus movimientos dada su ubicuidad. El absurdo, el contrasentido, el equívoco de una pieza cómica, agravados por su nula calidad, deja perplejos a los integrantes de eso, a lo que llaman gente. Las opciones se vuelven aún más dificultosas, menos entusiastas y más desgraciadas si se les suma la despreocupación de un elector ignorante. Un pequeñísimo ejemplo santafesino de la ligereza y la irresponsabilidad con que se vota se patentiza en que Amalia Granata haya sacado tres veces más votos que Carlos Del Frade. No se trata de apurar ningún juicio de valor sino de preguntarse el ideario de una y de otro. Sin embargo, no solo los dirigentes hacen un país. Nada mejor para graficarlo que recordar la lucha en soledad de los inmigrantes en pos de un progreso para sus hijos: cuando la inundación o la sequía arrasaban sus parcelas sembradas, no optaban por insultar a los dirigentes (algunos no sabían ni quién los gobernaba), esperaban con estoicismo y tesón que la naturaleza se acomodara. Lo que se quiere expresar es que es enormemente necio señalar con el índice a los que gobiernan porque fueron elegidos, como culpables de todos los males.

El amor de los que se odian

De padre plebeyo y madre aristócrata, con mandatos contrapuestos, no es determinante que los hijos sean necesariamente dubitativos y errantes. Sí es posible que arrastren algún tipo de confusión. El siempre presente en las pantallas, Rosendo Fraga ha dicho que el político puede cambiar hasta de partido, pero nunca de personalidad.

Los rigurosos historiadores, en cambio, son proclives a asegurar que la historia se define por sus procesos y no por sus hombres. Cualquier ciudadano de a pie seguramente se preguntará ¿y no son los hombres los que provocan los procesos? Académicos y neófitos tienen una parte de la verdad, como en todos los casos. Circunstancias determinadas, conocidas por todos llevaron a Mauricio Macri a Balcarce 50. Ahora, quizás con esas circunstancias en reversa, todo indicaría que no va a continuar en la Rosada. El hombre no ha cambiado de partido, todo lo contrario, sí ha virado acciones que no se condicen con sus escasas ideas. Es decir, ha cambiado de método, se ha mimetizado con lo que detractaba, pero no ha cambiado de personalidad. Lo que podría interpretarse como tesón y perseverancia dada su actuación, se entiende claramente como capricho y berrinche infantil o tozudez y orgullo propios de la ignorancia. Sus “acciones” caen día a día estrepitosamente, con la salvedad de pequeños picos, y él insiste en continuar en ese sillón y bajo ese techo. No ha terminado de enterrar al padre: todavía se impone demostrarle que puede y para ello se enreda en una telaraña que llega hasta cegarlo. El núcleo duro de “Cambiemos para no cambiar nada” (gatopardismo que se asomó desde los primeros meses de su mandato), llegado al superlativo de duro, se ha partido. Unos proponen el plan V, otros, el B y otros eligen la lealtad a cualquier precio. De los tres sectores, a través de fuentes muy cercanas, se afirma que el presidente no claudicará en su búsqueda de la reelección. Parece que el hombre quiere morir de pié, pero no frente a cualquiera sino batiéndose como buen mosquetero contra su mayor enemigo. Gusto que quién sabe si podrá darse, aunque casi todas las voces de los que rodean a su contrincante den por sentado este duelo. Sin embargo, pocos días antes de la convocatoria del primer mandatario para acordar con todas las fuerzas, desde esferas cercanas, más aún íntimas, confesaron que la Dra. Fernández de Kirchner ha puesto sus esperanzas y desea que su legado quede en manos de su hijo más allá del `19. La misma fuente afirma que no quiere volver a la conducción de un país desmadrado, arrasado e hipotecado. Un animador con funciones de periodista ha llamado a la ex presidente jocosa o maliciosamente Agripina, quizás olvidándose de que fue la madre de Nerón, lo que, según esta íntima amistad que se utilizó como fuente, produjo una indignación desmesurada en Cristina Fernández por la comparación y por el temor a que se haya filtrado la voluntad de que su hijo sea el heredero en la sucesión del padre. Se ha elegido aquí utilizar un lenguaje cercano al psicoanálisis y a la tragedia griega porque así lo representan sus actores. Todo gira en torno de conductas relacionadas con padres, hijos, esposos: en términos políticos, una suerte de nepotismo sui generis. Aunque los muy íntimos aseguran que CFK no será precandidata, el entorno político y especialmente los intendentes del conurbano están organizando una ceremonia multitudinaria en el corazón bonaerense que actúe de operación clamor para su regreso cuyo “avant premier”, sinceramente, fue la presentación de su libro.

En tanto y para dar continuidad a la introducción, hay algunas preguntas definitivas que formularse. Se sabe que el largo silencio de CFK no estuvo vacío. Dada su personalidad, los mismos allegados coinciden en que su mente está ocupada por dos pasiones: sus hijos y el país, temas que impiden el sosiego de una mente siempre maquinando.

Estrategia o estratagema

Aunque la grieta se haya instalado con el sustantivo de marras por un periodista capitalino, su entidad es preexistente. En consonancia, no por generación espontánea, surgieron en este país los que irían a representar uno y otro lado de esta grieta: Mauricio Macri y Cristina Fernández. Lo que un sector de la sociedad, algunos columnistas y ciertas corporaciones deploran es una realidad muy difícil de torcer en lo inmediato. Que esta polaridad sea usada por una de las fuerzas como astuta técnica de propaganda sucia no invalida el peso irrefutable de su existencia: en términos reductivos, el 70 por ciento de los ciudadanos adhiere a ambos y el 70 por ciento rechaza a ambos aún con oscilaciones y eso es inopinable. A pesar de que ninguno encarne cabalmente distintos modelos de país, en clave política lo hacen de hecho. El que por imperio de las circunstancias sociales utilicen en muchos casos medidas idénticas, para la percepción del ciudadano, no los acerca. En cuanto a una de las contrincantes, la primera pregunta sería ¿está “rumiando” y concretando estrategias para ganar que la lleven a un triunfo real o estratagemas para perder en una derrota virtual? Las respuestas a ambas son similares. Si se postula y gana, el triunfo es real y el poder considerable. Si la derrota es virtual, recuerde el lector que Cristina Fernández ha pactado con los partidos justicialistas de la mayoría de las provincias argentinas. Pacto que se concreta en la confección de las listas para los poderes legislativos, tanto provinciales como nacionales. En un caso, conquista dos poderes, en el otro, uno de ellos para oficiar de sólida oposición, y en cuanto al tercer poder, no le preocupa demasiado porque sabe con seguridad que ése se acomoda solo. También se conoce que la ex -presidente tiene un diagnóstico de la situación argentina en todos sus aspectos: económicos, políticos, sociales, culturales. Sabe con certeza, por sus propias investigaciones y la de sus asesores, que éste es uno de los momentos más difíciles en la historia del país. La dificultad reside en cuatro pilares enclenques que no se modificarán en un corto tiempo: la deuda escandalosa a cien años, la ausencia

absoluta de la cultura del trabajo y la producción, la pobreza estructural y el quiebre del contrato social. Este conocimiento, dicen sus íntimos, hace que revele en ocasiones algún temor a postularse pese a su personalidad. Lo demás que se relaciona con el rechazo a su persona del “mercado” y del “círculo rojo”, con las fantasías ideológicas que le atribuyen, con las molestias de su estilo, más la irritación que parece despertar en la clase media, no le interesan. Propios y ajenos coinciden en que Cristina Fernández no es una académica a lo Carrió, pero sí una mujer inteligente que diferencia lo inmediato de lo postergable, lo trascendente de lo trivial por lo que su preocupación entorno del diagnóstico argentino tanto como de las condiciones externas es legítima. Hasta hace horas, once consultoras la dan (más, menos) no solo reafirmando su triunfo contra Macri y cualquiera sino aumentando su caudal de adhesiones. Asimismo, el lector debe comprender que existen dos tipos de propósitos en el mundo de las encuestas: aquellas que se realizan para ser leídas intramuros por los candidatos y saber cuál es su real posición y aquellas que ofician como otra operación de propaganda para ser publicadas con el fin de inclinar hacia el triunfador a un electorado al que suponen manipulable porque se cree que es propio de la condición humana. De todos modos, que la mayoría de las consultoras ya no puedan ocultar los números no constituye una certidumbre, pero sí una tendencia que sólo podría cambiar frente a hechos imprevistos o imponderables de gran envergadura.

La formulación de preguntas podría continuar dado este devenir que consigue muchas más perplejidades que certezas. Sin embargo, si se sigue el hilo del razonamiento de este artículo, hay un hecho que resulta indiscutible: CFK logrará el triunfo de dos poderes de la República o, con seguridad, de uno de ellos.

Uno y trino

El peronismo es una paleta de colores y matices que, según la etapa “pictórica” del país, han sido usados alternativamente. Ocasiones hubo en que ciertas líneas políticas internas no pudieron soportar las convulsiones dentro del mismo signo y optaron por la creación de agrupamientos externos. En la actualidad, formalmente aparecen dos: Unidad Ciudadana y Alternativa Federal. Siendo en efecto tres: Unidad, Ciudadana, Alternativa Federal y la representada por Lavagna, Consenso 19. Contra todo lo que pueda opinarse ligeramente, el peronismo es uno y siempre actuó como uno, reconociéndose cada línea contra o con la existencia de la otra. La historia es muy larga. El lector podrá recurrir a dos referentes insoslayables para entenderlo: John Williams Cooke o Norberto Galasso. En el presente, “el trino de este culto político” encuentra sus límites según el grado de mayor o menor cercanía con el oficialismo o con la extrema oposición. Quien escribe duda fuertemente del “trino” al que concibe como distintos ángulos de una misma fachada para satisfacción de lo que el observador desee ver. En términos vulgares y recurriendo a la jerga de este movimiento político, son “distintos paquetes” para distintos destinatarios, pero el contenido es el mismo, solo varía el envoltorio. Que van o no van a las PASO, que son más o menos institucionalistas, que bregan o no por la “gobernanza”, que entienden de modo distinto el aggiornamiento de una fuerza casi secular, etc., etc., se colocan en “paquetes” para “empaquetar” a los que requieran cada cosa. Entonces, uno y trino no tiene mayor significación dado que, llegada la hora de la verdad, el contenido de los paquetes se suma y se arma uno solo. Quizás lo expuesto es ajeno al deterioro y a la balcanización que ha sufrido ésta como la otra fuerza política de peso en la historia nacional (UCR), pero, equivalente a la noción de personalidad, pueden cambiarse conductas, perspectivas en tanto la matriz es la misma y tiende a repetir prácticas. La representación gráfica de lo que hoy ocurre llevaría el nombre de hervidero, donde todo se cruza, se mezcal, se entrecruza con pares o con fuerzas externas afines. La última reunión del Concejo Justicialista con una duración de extremadamente mínima respecto de otros largos momentos y diatribas, nunca mejor dicho que hoy, fue para la foto: Unidad Ciudadana y allegados “tomaron posesión del partido y quisieron decir que los triunfos rotundos en tres de las más importantes provincias le pertenecen al PJ, le pertenece al peronismo”. En tanto, aunque haya puentes de manos que vienen y van semi secretos o públicos, “la trinidad” parece mantenerse. También el misterio y la seducción han sido propios de un peronismo apasionado. Sin embargo, hay un país que sordamente está esperando. Conquistarlo supone la maestría en el manejo de los tiempos. Un misterio y una seducción muy dilatados pondrían en peligro la continuidad del deseo.

Buda o vudú

Mientras la oposición se debate real o teatralmente en la búsqueda de la unidad (sobre todo en la voz de referentes de segundas líneas), el oficialismo, “copa de oro” en los campeonatos electorales, sigue superando a Copperfield. Cada día un pase mágico nuevo que inicialmente permea en la percepción general hasta que se descubre el truco. Una de las últimas “hechicerías” (dilecta palabra del presidente) toma forma en el “decálogo para el acuerdo”. Cuando baja el telón y los aparatos productores de espejismos se descubren, ni la mujer fue rebanada ni el conejo salió de la galera y el truco de las cartas “atrasó”, como gustan decir. Hubiera tenido que ser el primer número del espectáculo, no la despedida, además de significar más que una convocatoria a la unidad nacional en temas de urgente resolución, cualquier observador de discreto conocimiento histórico político entendería que los “diez puntos” son una carta intención al Fondo Monetario Internacional usando como intermediario al pueblo argentino y a las fuerzas de la oposición. Hubiera sido muy descarado llamar a las cosas por su nombre y de paso le sirvió de otro ardid propagandístico para encender una mecha de división entre los vacilantes opositores. Aunque parezca exagerado, la oposición mayoritaria y dividida tiene personajes para armar como líderes que podrían llenar el Luna Park. El problema es que no se deciden por razones eminentemente políticas y por enormes mezquindades humanas. En tanto, el oficialismo, que ganó usando la territorialidad de la UCR porque no contaba ni con un loro en el litoral, ni con una llama en el noroeste, ni con un semental mediterráneo, ni con un avestruz sureño, fue beneficiado con actores y votos desde el partido centenario y cuando obtuvo el botín, lo despreció. Ahora llama a todos y no le cree nadie.

El país de las maravillas

El pronóstico de este humilde análisis parecerá pírrico: el oficialismo, dado su desempeño “mágico”, puede ganar poniendo a la patria en el altar de los sacrificios y la oposición extrema de cualquier manera va a ganar, aunque suene a paradoja o absurdo. En el país de las maravillas, lo óptimo sería que algún “joven heroico” eliminara tanto al Galimatazo como a la Reina de corazones, acto que terminaría con los dos males y la confusión de Alicia. ¿Encuentra el lector alguna similitud con la realidad? Sepa, sin embargo, que sólo depende de su elección ya que por propia decisión ellos siguen dando débiles señales de querer apartarse de ese mundo. Juan Schiaretti sintetizó en su discurso de la noche del triunfo arrasador con perfil de estadista el deber ser de la práctica política.

Lo cierto es que sin diferenciación de signos, de líneas, de facciones, todos los posibles “presidenciables” demuestran una desmesurada codicia, afán de poder y egolatría. Hasta el momento ninguno ha dado señales de real grandeza cuando saben que, contra las innumerables opiniones posmodernas opuestas a los liderazgos, hay horas de la historia que calman por la idea, pero también por quien la encarne.
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